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Ciudades verticales: ¿construidas a escala humana?

Con más del 68% de la población mundial proyectada para vivir en áreas urbanas para 2050, la expansión vertical de las ciudades cada vez es una alternativa más ponderada. El espacio es un recurso finito, y la forma en que lo utilizamos definirá el futuro de nuestra sociedad y del planeta.

 

Pero el crecimiento vertical no se trata solo de construir rascacielos más altos. Hablamos de una revolución en el diseño urbano que mira tanto hacia el cielo como hacia las profundidades de la tierra.

Imagen de la Red peatonal subterránea de Montreal (RESO).

El crecimiento vertical se ha convertido en el símbolo casi universal del progreso, la modernidad y el poder económico. Es la respuesta lógica y, en muchos casos, inevitable a un mundo en plena urbanización donde el suelo es el recurso más escaso. Sin embargo, esta solución, aunque eficiente, es un arma de doble filo que moldea nuestras vidas, nuestro entorno y nuestra sociedad de formas profundas y a menudo contradictorias.

 

La ventajas de un modelo de urbanización vertical pasan por el uso inteligente del suelo y la solución a factores climáticos y geográficos, la eficiencia en infraestructura (es mucho más eficiente y económico proporcionar servicios públicos a un edificio con 5,000 personas que a 1,000 casas unifamiliares dispersas); la facilitación del transporte, reduciendo la dependencia del vehículo privado, el tiempo de desplazamiento y, por consiguiente, las emisiones de carbono; y un mayor dinamismo económico y social dada su alta densidad social.

Por otra parte, estas ventajas no opacan el hecho de que un crecimiento vertical descontrolado o mal planificado conlleva riesgos significativos que pueden deteriorar la calidad de vida. Puede acaecer cierta desigualdad social y gentrificación vertical, ya que los rascacielos, especialmente los residenciales, suelen estar asociados a un alto coste. Un crecimiento descuidado tambíen puede afectar a la cohesión social y la salud mental: vivir en el piso 50 puede generar una desconexión física y psicológica del "suelo", de la vida de barrio y de la comunidad. La falta de espacios de encuentro a escala humana, el anonimato de los grandes edificios y la ausencia de "ojos en la calle" pueden fomentar el aislamiento y afectar negativamente a la salud mental. También cabe decir que, si bien la infraestructura es más eficiente, la concentración extrema de población pone una presión inmensa sobre los recursos y servicios, además de alterar el microclima local, creando "cañones urbanos" que canalizan el viento, bloquean la luz solar y contribuyen al efecto de "isla de calor urbana". Por último nos encontraríamos con la problemática de la pérdida de identidad y la homogeneización de las ciudades, creando réplicas de paisajes urbanos genéricos y sin alma, a menudo a costa de demoler patrimonio arquitectónico con historia y carácter local.

Fotografía de Chongqing, actualmente el municipio más poblado de China.

Hacia un equilibrio vertical y humano

El debate no debería ser si crecer verticalmente es bueno o malo, sino cómo hacerlo bien. El crecimiento vertical no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para construir mejores ciudades. El futuro pasa por un verticalismo a escala humana: edificios de uso mixto que combinen oficinas, viviendas y comercios para crear barrios completos en un solo edificio; la integración obligatoria de espacios verdes como en el "Bosco Verticale"; y un diseño que priorice la luz natural, los espacios públicos accesibles y la conexión con la vida a nivel de calle.

 

La ciudad del futuro será inevitablemente más alta, pero su éxito no se medirá en la altura de sus edificios, sino en su capacidad para seguir siendo un lugar habitable, inclusivo y profundamente humano.

El Bosco Verticale de Milano es un ejemplo de estructura vertical que intenta armonizarse con la ideología ecologista.

 



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